La duda como premisa para una recta defensa de los derechos. Visión crítica de la filosofía cartesiana

Doubt as a premise for an upright defence of rights. Critical view of cartesian philosophy

DOI: 10.19135/revista.consinter.00016.03

Recibido/Received 15/08/2022 – Aprobado/Approved 31/01/2023

Jesús Víctor Alfredo Contreras Ugarte1 https://orcid.org/0000-0002-9148-659X



Resumen

Vivimos tiempos que nos muestran a una sociedad, en demasía, aborregada y gregaria, cómoda, crédula, manipulable y encaminada hacia la propia admiración de su desdén intelectual. Pensar críticamente sobre algo, hoy no es aceptado libremente por los poderes oficiales y por los fácticos quienes aplican la censura con total desfachatez si la opinión vertida nos advierte de sus calculadas y deshonestas intenciones. Así, afrontamos una realidad donde, o piensas, repites y acatas lo que te dicen que pienses, repitas y acates o, eres estigmatizado y perseguido como un desadaptado social (insolidario, facha, ultra, machista, homófobo, negacionista, etcétera). Cualquier intento por pensar diferente, crítica y objetivamente, si va en contra de lo planeado por los poderes actuales, esto es reprimido a través la censura inmediata. Se pretende convertir a las personas en una masa sumisa, obediente y felizmente subyugada a los poderes externos; se busca convertir en cómplices del mal a toda esa masa distraída y poco esforzada que parece no interesarle la verdad en sus vidas ni el daño que se les pueda incoar, ni a ellos ni a sus hijos. Se trata de hacernos vivir en sociedad subyugados a una autoridad que no es nuestro propio entendimiento. Hannah Arendt decía que atreverse a insertar el propio yo en el mundo y comenzar una historia personal, es la potencia que fomenta la filosofía. Por ello, el mejor antídoto contra este mal social que afrontamos es volver a mirar a la filosofía de los derechos. Tal cual, la mirada que elegimos en este artículo, la fijamos en René Descartes, a quien, por cierto, Hegel calificó de ‘héroe del pensamiento’. Aunque con los matices y críticas que se desarrollan en este trabajo, lo cierto es que Descartes tuvo la grandeza de atreverse a poner en tela de juicio todo el conocimiento de su época, se atrevió a dudar de todo. Y esto no es baladí, puesto que eran tiempos de la Santa Inquisición y de la censura a todo lo que se escribía; además, no mucho antes, se había quemado vivo a Giordano Bruno. Pese a todo esto, Descartes tuvo el valor de remover, con sus obras, esa realidad que obligaba a aceptar una única verdad y a la que pocos, o ninguno, se atrevían a desafiar. Empezaré usando un método descriptivo y, luego, sobre todo en las críticas, prescribiré mi punto de vista sobre la filosofía cartesiana, terminando con su pertinente relación con el derecho.

Palabras clave: Descartes, duda, derechos, sumisión, crítica.

Abstract:

We are living in times that show us a society that is too much, too much, abhorred and gregarious, comfortable, gullible, manipulable and directed towards its own admiration of its own intellectual disdain. To think critically about something today is not freely accepted by the official and factual powers who apply censorship with total impudence if the opinion expressed warns us of their calculated and dishonest intentions. Thus, we face a reality where either you think, repeat and abide by what they tell you to think, repeat and abide by, or you are stigmatized and persecuted as a social misfit (unsupportive, facist, ultra, sexist, homophobic, denialist, etc.). Any attempt to think differently, critically and objectively, if it goes against what is planned by the current powers, this is repressed through immediate censorship. The aim is to turn people into a submissive mass, obedient and happily subjugated to the external powers; the aim is to turn into accomplices of evil all that distracted and not very hard-working mass that seems not to be interested in the truth in their lives nor in the harm that can be done to them or their children. It is about making us live in society subjugated to an authority that is not our own understanding. Hannah Arendt said that daring to insert the self into the world and to begin a personal history is the power that philosophy fosters. Therefore, the best antidote to this social evil we face is to look again at the philosophy of rights. As such, the gaze we choose in this article, we look to René Descartes, whom, by the way, Hegel called a 'hero of thought'. Although with the nuances and criticisms that are developed in this work, the truth is that Descartes had the greatness of daring to question all the knowledge of his time, he dared to doubt everything. And this is not trivial, since those were times of the Holy Inquisition and the censorship of everything that was written; moreover, not long before, Giordano Bruno had been burned alive. Despite all this, Descartes had the courage to remove, with his works, that reality that forced the acceptance of a single truth and which few, if any, dared to challenge. I will begin by using a descriptive method and then, especially in the criticisms, I will prescribe my point of view on Cartesian philosophy, ending with its pertinent relation to law.

Keywords: Descartes, doubt, rights, submission, critique.

Sumario: 1. René Descartes; 2. Reglas del método cartesiano; 3. Meditaciones cartesianas; 4. Sustancias cartesianas; 5. Moral cartesiana; 6. Crítica a la filosofía cartesiana; 7. La filosofía cartesiana y el derecho; 8. Conclusión; 9. Referencias.

Summary: 1. René Descartes; 2. Rules of Cartesian Method; 3. Cartesian Meditations; 4. Cartesian Substances; 5. Cartesian Morals; 6. Critique of Cartesian Philosophy; 7. Cartesian Philosophy and Law; 8. Conclusion; 9. References.

1 RENÉ DESCARTES

A Descartes se le considera el padre de la filosofía moderna. Este filosofo centró su pensamiento en la indagación constante de la certeza. El juicio de verdad, para este autor, es la certeza, es decir, la convicción subjetiva; de esta suerte, si existiera duda, por diminuta que sea, lo más conveniente es rehusar y dar por falso el criterio que se pretendiese fijar.

Descartes vivió en tiempo de enormes cambios. La iglesia se había dividido a causa de la reforma de Calvino y Lutero; se producían pugnas entre católicos y reformadores protestantes. El escenario religioso queda acotado: la Biblia deja de ser el libro que proporciona todas las respuestas porque la religión no posee todas las respuestas. Asimismo, acababa de sucederse una revolución científica: se deja de aseverar que la Tierra es estática y firme en el centro del universo, y es el ser humano el que está dentro del planeta levitando en el universo alrededor del Sol. El astrónomo y matemático alemán, Johannes Kepler, quien fuera un personaje clave en la revolución científica, es conocido, especialmente, por sus leyes sobre el movimiento de los planetas en su órbita alrededor del Sol; este astrónomo y matemático, deshizo ciertas ideas principales de la física aristotélica. Lo cierto es que se busca matematizar el universo (recuérdese a Galileo quien ya plantea un nuevo método científico).

Queda claro, entonces, que estamos ante una época de mucha instabilidad intelectual: no se sabe bien en qué se puede creer y en qué no. Este es el marco en el que desenvuelve la vida del filósofo francés. Descartes estaba habituado al estudio de las letras pues lo habían convencido de que con el estudio lograría alcanzar el conocimiento claro y fiable de todo aquello que es útil en la vida: ‘Y siempre tenía un deseo inmenso de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones y andar con seguridad en esta vida’. (Descartes, 1994, p. 13)

Sin embargo, tan pronto culminó sus estudios y se sacó el título de licenciado en derecho por la universidad de Poitiers, Descartes queda decepcionado de su etapa de estudio pues no había encontrado el conocimiento claro y seguro que buscaba; todo le era confuso: ‘me encontraba embarazado por tantas dudas y errores que me parecía no haber conseguido, tratando de instruirme, otro provecho que el de descubrir más profundamente mi ignorancia’. (Descartes, 1994, p. 6) Nótese que Descartes lo que está enarbolando es un alejamiento crítico respecto a la cultura imperante en su época que no era otra que la escolástica; por ello, plantea una filosofía crítica, desde la duda, para averiguar la base cierta del conocimiento. Descartes decide entonces recorrer el mundo. Decía que es bueno viajar para conocer las costumbres de los pueblos y así poder juzgar mejor nuestras propias costumbres sin calificar de ridículo e irracional todo lo que sea contrario a nuestras tradiciones, como creen aquellos que jamás han visto nada:

Por ello, tan pronto como la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores, abandoné completamente el estudio de las letras y tomando la decisión de no buscar otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo o en el gran libro del mundo, dediqué el resto de mi juventud a viajar (…) me parecía que podría encontrar mucha más verdad en los razonamientos que cada uno hace en los asuntos que le atañen (…) que los que hace en su despacho un hombre de letras sobre especulaciones que no producen efecto alguno y que no tienen para él otra consecuencia, acaso, que la de inspirarse tanta más vanidad (…). (Descartes, 1994, p. 12, 13)

El conocimiento, durante siglos, siguió la idea de Aristóteles sobre que no existe algo en el entendimiento que antes no haya estado en los sentidos – Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu-; es decir, que los conocimientos humanos provienen de lo exterior a lo interior. Descartes, altera esta regla ‘(…) pretendiendo que debía procederse de lo interior a lo exterior’. (Balmes, 1925, p. 6)

Hay que tener en cuenta que Descartes se encuentra influido por el brillo y fama del nuevo método científico y, más específicamente, por la precisión y exactitud que ofrecían las matemáticas ya que esta proporciona efectos indudables. Antes bien, a Descartes le desilusionan los filósofos que no son capaces de conciliar sus puntos de vista. En este escenario, para Descartes, la filosofía se queda estancada. De ahí que plantee la necesidad de que la filosofía varíe de método y acoja un método que resulte tan cabal y estricto como el de las matemáticas; en este planteamiento, de un nuevo método de conocimiento, en la filosofía cartesiana, la duda adquiere un rol cada vez más relevante: únicamente dudando de todo, se abre la posibilidad de conseguir alguna verdad. Exclusivamente mediante la duda como método, existe la posibilidad de fijar los cimientos innegables del constructo filosófico para alcanzar el basamento del conocimiento de una forma firme e indubitable. Así pues, la duda, es un método o una senda para conseguir la certeza.

2 REGLAS DEL MÉTODO CARTESIANO

Descartes, quedó convencido de la necesidad de construir un nuevo método de conocimiento. Se determinó a instituir un método que proporcione la capacidad de conocer con la precisión propia de los métodos geométricos. Así, gestó un método de conocimiento compuesto de cuatro reglas:

  1. Primera regla: Regla de la evidencia. Esta regla indica que no hay que admitir jamás algo como verdadero, salvo que se esté totalmente seguro de que lo es.

Según ello, únicamente hay que admitir como verdadero, lo que se presente como claro y distinto. Lo claro, para Descartes, es aquello que se manifiesta, directamente a nuestro entendimiento, sin intermediaciones que puedan llevarnos a error. Por ejemplo, las matemáticas son muy claras, y lo son porque son exactas. De otro lado, además de claros, los saberes tienen que ser distintos. Descartes alude a que sean saberes que no se confundan con otra cosa, es decir, que sean saberes simples y transparentes.

A fin de cuentas, lo que se busca es eludir el apresuramiento en el juicio hasta alcanzar el convencimiento de certeza. El juicio de verdad es la evidencia o, como lo dice Descartes, el criterio de verdad es la claridad y la distinción. Por consiguiente, lo que Descartes propone, con esta primera regla, es que hay que indagar y encontrar las ideas que sean claras y distintas.

  1. Segunda regla: Regla del análisis. Con esta regla se trata de fraccionar las cuestiones en tantas partes como sea preciso; esto es, fragmentar aquello que estamos estudiando en tantas partes menores como sea posible en busca de un óptimo resultado.

Se trata pues de fraccionar, lo intrincado y lo fácil, cabalmente, con la finalidad de alcanzar esas ideas primordiales – es decir, alcanzar esas ideas que sean claras y distintas – y que solo sean factibles de ser asidas como verdaderas.

  1. Tercera regla: Regla de la síntesis. Una vez alcanzado lo más sencillo, hay que gestionar, ordenadamente, el pensamiento; a saber, hay que guiar con orden los pensamientos – empezando por los objetos más simples y sencillos de entender – para elevarse, paulatinamente – como subiendo por escalones-, hasta alcanzar el conocimiento de lo más complejo – ir de lo más simple a lo más complejo – ; es decir, propiciar una secuencia de razones que alumbren los vínculos y la coherencia del conjunto.

Se trata de encaminarse hacia lo más difícil; es decir, ir desplazando la evidencia de lo sencillo – de lo claro y distinto – hacia lo dificultoso, a través de ordenados movimiento racionales y lógicos, hasta lograr alumbrar y demostrar lo complicado; dicho de otro modo, hay que establecer una sucesión de argumentos que van desde lo más sencillo hasta lo complejo y que no dejan de tener relación con la realidad.

  1. Cuarte regla: Regla de la enumeración. Se trata de repetir y revisar todos los movimientos que se han hecho para descartar, inequívocamente, la posibilidad de haberse dejado algo fuera. Hay que enumerar, pormenorizar y verificar los pasos particulares que se han realizado. A través de la gestión de esta regla, garantizamos el no haber caído en confusión, desliz o desacierto alguno.

Estas cuatro reglas constituyen el método cartesiano y, Descartes, lo va a usar sobre el conocimiento tradicional acotándolo y cercándolo con la duda. Descartes busca remover con su método este conocimiento tradicional a fin de verificar si soporta su método y si verdaderamente es un conocimiento certero o, antes bien, se derrumba; si esto último sucede, tendremos que desechar el conocimiento tradicional para ir al encuentro de algún fundamento cierto sobre el que establecer el saber verdadero.

3 MEDITACIONES CARTESIANAS

Una de las obras más relevantes de René Descartes son sus Meditaciones metafísicas. (Descartes R., 1988) En esta obra Descartes plantea seis meditaciones metafísicas en las que desarrolla y explica el método de conocimiento que él propone.

  1. Primera meditación: ‘De las cosas que pueden poner en duda’. En esta meditación, Descartes se traza como finalidad el dudar de todos sus pareceres antiguos para comenzar, sin condición y plenamente, desde cero y hasta ubicar una verdad que sea indubitable y en la que se pueda sostener el completo conocimiento. Para ello, Descartes, se distancia del mundo y de todos; se autoconfina en un cuarto y se entrega, únicamente, a su pensamiento. Y es que, queda claro que Descartes desconfía de todas las vetus opinio – opiniones antiguas-. Ahora bien, se puede decir que lo obtenido en la primera meditación es un gran chasco; Descartes no ubica lo que quería encontrar, es decir, no halla verdad indubitable alguna.

Comienza dudando del discernimiento de los sentidos y llega a la conclusión de no poder confiarse de ellos. Los sentidos resultan, muchas veces, engañosos: por ejemplo, a veces se cree reconocer a alguien a lo lejos, pero cuando está cerca resulta que es otra persona. Asimismo, tampoco hay un juicio totalmente indubitable con el que discernir cuándo estoy soñando de cuándo estoy despierto (existen sueños que se sienten muy reales); siendo así, los sentidos, para Descartes, no superan la prueba de la duda y, con ello, el mundo entero queda en entredicho dado que no hay seguridad de que el mundo que me presentan los sentidos exista realmente. En todo caso, para Descartes, de las verdades matemáticas es posible que uno pueda sí estar seguro: dos más dos siempre van a sumar cuatro. No obstante, dice Descartes, cabe la posibilidad de la presencia de un genio maligno que engañara e hiciera creer que dos más dos suman cuatro, cuando en realidad el resultado es cinco. Luego, resulta que Descartes tampoco estará totalmente seguro de las verdades matemáticas.

Si a la duda de Descartes, utilizada como método, se le reconoce con el nombre de ‘duda metódica’, vemos que Descarte empieza el desarrollo de sus meditaciones cayendo en la ‘duda hiperbólica’ porque su duda llega a sostenerse en el supuesto, más extremado y excesivo, de que la razón puede errar, aun, en presencia de la evidencia. El resultado es que Descartes, en esta primera meditación, termina sin estar seguro de nada.

  1. Segunda meditación: ‘De la naturaleza del espíritu humano; y que es más fácil conocer que el cuerpo’. En esta segunda meditación, Descartes encuentra una verdad indudable. Para Descartes, si bien pudiera existir un genio maligno, este sería incapaz de engañarme en relación con mi duda; vale decir, si hay alguien que duda, ese alguien está seguro de que duda y, sobre ello, no hay quien pueda engañarlo. Además, según Descartes, si se duda, eso es que se piensa y, si se piensa, entonces se existe: cogito ergo sum. Resulta así, que el yo existo se instituye como la primera verdad indubitable, esto es, se establece como el primer principio de la nueva filosofía. El yo existo cartesiano, trata, específicamente, de la cosa pensante como res cogitans; dicho en otros términos: yo existo porque soy una cosa que piensa. Nótese que, en este momento y con esta meditación, el ser humano es, únicamente, una cosa que piensa porque Descartes ha descartado el cuerpo con todo el mundo sensible. Para Descartes, el yo no puede estar seguro de que su cuerpo exista; el yo, solamente puede estar seguro de que está – existe – como cosa que piensa.

Este es el inicio de la rigurosa diferenciación entre el alma – o el yo – y el cuerpo; esta se erigirá como el sostén del dualismo cartesiano.

Ahora bien, de otro lado, queda claro que, según Descartes, él ha descubierto el yo existo; pero ¿y los demás? Esto Descartes no lo tiene en cuenta; él de esto no sabe; únicamente sabe que, si piensa existe: al menos existe cuando piensa. Consiguientemente, de lo que sostiene Descartes, se puede colegir que, si se deja de pensar, entonces se deja de existir. Así pues, resulta que, el parpadeo y discontinuidad (porque uno no siempre está pensando) del cogito es una cuestión que Descartes no soluciona aún en esta meditación: el cogito solamente existe cuando piensa, cuando no piensa no sabe si existe. Recién cuando comprueba, en las meditaciones siguientes, la existencia de Dios conseguirá asegurar la existencia del yo. Luego, el yo existirá, incluso, cuando no se piensa y cuando se duerme, y esto es así, porque Dios que nos piensa, nos sustenta y nos afirma en la existencia. Como vemos, en esta segunda meditación, se halla la existencia del yo, empero, aún, no se sabe si existe algo fuera de cada ser humano – del yo – ; en otras palabras, en esta segunda meditación, uno está solo, tajantemente solo, y, por ello, hay que continuar con el desarrollo de las demás meditaciones.

  1. Tercera meditación: ‘De Dios; que existe’. En esta meditación, Descartes observa en sí mismo, en su interior, y detecta tres estándares de ideas. Pero empecemos recordando que una de las razones por las que Descartes justifica la existencia de Dios es que acepta el argumento ontológico de San Anselmo de Canterbury (algo que precisaremos con detalle más adelante). No obstante, hay una segunda razón, y para entenderla, precisamente, hay que explicar que, para Descartes, existen tres tipos de ideas:

(…) además de la duda, Descartes analiza otro tipo de pensamientos y para ello distingue entre las acciones del pensar, como pueden ser: dudar. Entender, querer, imaginar, etc., y las representaciones de las cosas a las que están unidas esas acciones. A estas representaciones Descartes las llama ideas. (Grande Sánchez, 2012, p. 93)

    1. Las ideas innatas; estas ideas son las que consideramos que han nacido con nosotros mismos. Están presentes desde nuestro nacimiento; son ideas que se encuentran en los sujetos, pero no porque ellos las hayan imaginado o porque las hayan percibido. Son ideas que se ubican en los seres humanos a partir de su nacimiento. Descartes desarrolla su razonamiento de este modo: ¿cómo puede albergar la mente limitada de un ser humano la idea de perfección o de infinitud? Todos tenemos la idea de infinitud y la idea de perfección, empero, estas, no pueden provenir de nosotros mismos pues los seres humanos, ni somos infinitos ni somos perfectos. Ergo, si estas ideas existen, aun no estando en nosotros, debe ser que están porque Dios las colocó ahí.

    2. Las ideas adventicias; estas ideas son las que consideramos que nos llegan desde fuera; están fuera de nosotros; es decir, son ideas que viéndonos de fuera las percibimos mediante los sentidos; por ejemplo: una flor, un perro, un edificio, etcétera. Todas son ideas adventicias, esto es, que vienen de fuera de los sujetos.

    3. Las ideas facticias; son las que imagino o fabrico yo mismo (por ejemplo, la idea de un centauro o de una sirena). Las construimos con nuestra imaginación; por ejemplo: un unicornio; este es un ser que nos hemos imaginado, lo hemos fabricado con nuestra mente, aunque no existe en la realidad sensible.

Desde estas ideas, desarrolla dos razonamientos, para evidenciar la existencia de Dios:

  • Primer razonamiento: Localizo en mí la idea de un Dios perfecto e infinito. Esta idea es imposible que se origine o que emane de mí, es imposible que sea una idea facticia; esto es, es imposible que la idea de Dios la haya imaginado o fabricado yo, porque yo soy una sustancia finita. Entonces, esa idea de infinito, únicamente, la puede haber puesto en mí una sustancia que sea igual de infinita, y esa sustancia no puede ser otra sino Dios. En consecuencia, Dios es el origen causal de la idea de infinito que yo localizo en mí, y la ha colocado en mí cual artista que pone su rúbrica sobre su creación. Ergo, Dios es la única justificación para que yo – que soy una sustancia finita – posea en mí la idea de infinito.

  • Segundo razonamiento: Yo no podría existir si no existiera Dios. Al ser una sustancia imperfecta y finita, es claro que no me he creado a mí mismo y, por tanto, sé que no he existido desde siempre. Lo que sí no sé de seguro, es si cuando dejo de pensar existo; por añadidura, si yo fuera Dios, si fuera perfecto e infinito, no contendría en mí la duda, y mi conocimiento, de la misma manera, sería perfecto; en consecuencia – como esto último no es así – porque soy un ser imperfecto – , alguien tiene que haberme creado y ese alguien, si pretendemos eludir la retrocesión al infinito, tiene que ser Dios. De manera que, Dios no es únicamente la causa de la idea de infinito que tengo en mí, sino que, del mismo modo, es la causa de mí. Dios es la única explicación de que yo exista; este Dios que estoy descubriendo, encima, es perfecto y, por ende, completamente bondadoso, con lo cual, no puede ser un Dios engañador.

  1. Cuarta meditación: ‘De lo verdadero y de lo falsos’. Esta meditación, Descartes, la despliega a modo de inciso o digresión. Reflexiona sobre la pregunta: ¿cómo puede ser que, si Dios es bondadoso, exista el error? Descartes enseña que tenemos dos aptitudes: la inteligencia y la voluntad. La inteligencia es finita, y la voluntad, sin embargo, es infinita; vale decir, la voluntad es más extensa que la inteligencia. A la sazón, el error ocurre cuando mi voluntad quiere ir más rauda y veloz que mi inteligencia y sin atender a los límites que la propia inteligencia me impone; por mejor decir, el error acontece cuando me arrojo apresuradamente en el juicio, porque mi voluntad desea alcanzar un juicio de manera inmediata. Si yo advierto, a la distancia, a alguien que se parece a Jesús-Víctor, pero no estoy seguro de que sea él, si refreno mi voluntad hasta encontrarme totalmente seguro, entonces, no voy a pasar el fiasco de saludar a Jesús Víctor y que luego resulte que es Alfredo. Todo esto, declara Descartes, no es responsabilidad de Dios ni es el resultado de que Él sea malvado e instigue al error; es culpa de la voluntad que no atiende ni se ciñe a los límites del pensamiento. Ciertamente, Dios, que es bueno, nos ha proporcionado un método a fin de rehuir al error, y este consiste en las cuatro reglas que hemos indicado ut supra.

  2. Quinta meditación: ‘De la esencia de las cosas materiales, y otra vez de la existencia de Dios’. En esta meditación, Descartes expone un tercer argumento sobre la existencia de Dios. A este argumento se le conoce como el ‘argumento ontológico’, y se explica de la siguiente manera: igual que la idea de montaña no se puede separar de la idea de valle, esto es, igual que no se puede pensar una montaña sin valle o un triángulo sin tres lados, la idea de Dios supone, forzosamente, su existencia en tanto la idea de Dios es la idea de un Dios, en grado sumo, perfecto; así pues, un Dios que no existiese sería un Dios imperfecto porque carecería de una perfección: la existencia.

Siendo así, es imposible pensar a Dios como inexistente porque la idea de Dios es inherente a la idea de existencia, al igual que la montaña es una idea ligada, indefectiblemente, a la idea de valle. Según Descartes, a la esencia de un ser hondamente perfecto le corresponden todas las perfecciones y, por supuesto, entre ellas, la existencia. Se puede pensar en un animal con alas o sin alas, sin embargo, puramente hablando, es imposible pensar en Dios sin la existencia, de la misma forma que no puedo pensar en un triángulo de cuatro lados. La idea de Dios trae consigo, necesaria e indudablemente, la existencia.

Además, este Dios, como es perfecto, no es posible que sea un ser engañador, porque es bondadoso. Desde este razonamiento, se desvanece la hipótesis de un genio maligno; así, Descartes, puede recuperar las verdades matemáticas; a partir de aquí ya puede estar totalmente seguro de que dos más dos suman cuatro, porque Dios – que existe – no le engaña. Ahora que sabe que Dios existe y que no le puede engañar, se puede fiar de sus conocimientos; en consecuencia, Dios se vuelve la garantía de su conocimiento.

  1. Sexta meditación: ‘De la existencia de las cosas materiales y de la distinción real entre el alma y el cuerpo del hombre’. La sexta meditación le va a servir a Descartes para recobrar sus postulados sobre el mundo sensible. Descartes ya evidenció, según él, que Dios existe y que no es un Dios engañador; siendo así, puede confiar en los datos de sus sentidos, siempre aplicando el método de las cuatro reglas (las que ya mencionamos antes). Resultaría opuesto a la bondad divina que las ideas que yo advierto como recibidas de un mundo exterior, no concuerden con lo real y exterior a mí mismo. Para Descartes, como está seguro de que Dios no le engaña, dudar de la existencia del mundo externo y de su cuerpo es desproporcionado.

Es interesante reparar que, Descartes, casi en el colofón, de su sexta meditación, formula una peculiar consideración: pese a que tiene que ir con cuidado con sus juicios y no precipitarse, en lo sustancial se puede fiar de lo que la naturaleza le muestra, porque la naturaleza, sopesada en general, no es otra cosa que Dios mismo y Dios no le engaña. Vemos pues, que Descartes aquí afirma que la naturaleza es Dios y lo hace casi sin mayor fundamento y, más bien, parece una ocurrencia imprevista, cual as bajo la manga, que se saca en el último momento de sus meditaciones.

Finalmente, en resumen, para Descartes, pese a que los sentidos le han engañado en algún momento, el error no es lo común; Descarte dispone de su método con el que, siguiéndolo tal cual, elude el error; y, como Dios no le engaña, puede confiar en su conocimiento.

4 SUSTANCIAS CARTESIANAS

Si bien es cierto que, en gran medida, la experiencia sensible es el basamento del saber tradicional, es decir, este saber, se basa en lo que vemos y en lo que percibimos, Descartes, se pregunta entonces: ¿por qué pensar como cierto e indudable un conocimiento cuya causa radica en los sentidos, si estos, en muchas ocasiones, nos desorientan y nos mienten? Descartes sostiene que los sentidos, en ocasiones, nos mienten y, por ello, no se puede admitir que las cosas sean según como nos las manifiestan los sentidos.

Asimismo, también, una parte del conocimiento, para Descartes, se apoya en la razón y en la fuerza discursiva que esta posee; no obstante, menos aún, esta situación parece completamente acertada e infalible, pues a veces, erramos también cuando razonamos. Supongamos que se razona de este modo: Dios es amor; el amor es ciego; Andrea Bocelli es ciego; entonces, Andrea Bocelli es Dios. Advertimos aquí errores de dos tipos, en las tres premisas propuestas. La deducción del tercer antecedente (Andrea Bocelli es ciego) no tiene que ver, en absoluto, con la segunda premisa. En consecuencia, la deducción final es falaz ya que no existe sucesión lógica entre las premisas. Desde el punto de vista de la semántica, que ‘el amor sea ciego’ no es una verdad universal, sino que es una simbolización poética, la que no es, por fuerza, siempre verídica. De no ser así, se podría deducir que Dios es ciego, si nos detenemos y apoyamos en esa segunda premisa falsa por ser una simbolización poética y no una verdad, como esa que afirma que ‘todos los seres humanos somos mortales’.

Vemos pues, que, sin advertirlo, muchas veces, razonamos de manera errada ocasionando los paralogismos que, precisamente, no son otra cosa que los razonamientos falsos e incorrectos; a causa de ello, según Descartes, tampoco podemos confiar en la razón discursiva para acreditar el conocimiento tradicional.

Por su parte, se podría decir que, si basamos el conocimiento en el saber matemático, sí podríamos fiarnos de la certeza que se logre alcanzar con este conocimiento ya que nos proporciona un conocimiento indubitable: dos más dos suman cuatro, en cualquier particularidad y en cualquier situación. Ahora bien, resulta que Descartes no acepta lo indubitable del conocimiento matemático ya que imagina que existe un genio maligno y mentiroso que, pitorreándose de él, lo podría inducir a dar por evidentes verdades que, al final de cuentas, no son tales.

Con acierto, entonces, se puede sostener que nada logra repeler a la duda cartesiana. Por cierto, cuando Descartes duda de todo, no sigue a los escépticos, pues estos – los escépticos – interrumpen el juicio; en cambio, Descartes propone todo lo opuesto: el objetivo de Descartes era obtener algún basamento que logre repeler toda y cualquier duda.

Ese fundamento resistente a toda duda, lo alcanza desde su razonamiento sobre el pensamiento que se conoce como el yo: pese a que Descarte quería pensar que todo era falso, era obligatoriamente necesario que él fuese algo; entonces, como anotamos antes, Descartes advierte que existe una verdad de la que no puede dudar, y esa verdad es que piensa y luego existe. Esta verdad – que para Descartes era una verdad tan invariable y segura, ya que eran incapaces de perturbarla ni siquiera las más estrambóticas conjeturas de los escépticos-, decidió aceptarla, sin recelo alguno, como el primer principio de la filosofía que él estaba buscando. Aun cuando se quiera pensar que todo es falso, es por fuerza necesario que el yo fuese algo; ergo: pienso luego soy. Esta verdad es la que Descartes juzga como irrefutable.

Vemos ya que Descartes ubica la primera certeza que él perseguía, la que podríamos plantear del siguiente modo: si dudo, es porque pienso, y si pienso, existo. Por tanto, Descartes ya conoce que él es una sustancia que piensa – res cogitans – y, por consiguiente, existe. Pero ¿existe algo más en el mundo además de la res cogitans? ¿Qué otras ideas se manifestarían con igual nivel de evidencia? Descartes en ese momento halla lo que conocemos como la idea innata de Dios, y es que él estaba de acuerdo con la prueba ontológica de San Anselmo de Canterbury quien sostenía que no es posible tener la idea de Dios sin aceptar al mismo tiempo su existencia; la fe debe anteceder al conocimiento; es necesario creer para comprender; sin embargo, la creencia puede ser fundamentada racionalmente; los dogmas cristianos son verdad inalterables; cierto es que se les debe captar y entender racionalmente para robustecer al creyente en su fe. Así pues, es claro que el racionalismo de San Anselmo de Canterbury – que era en el que creía Descartes-, se supeditaba al fideísmo: Dios tiene que existir pues de no ser así, Él, no sería el ser más perfecto; no obstante, dado que Dios es profundamente perfecto, Él, tiene que ser verdad; así que, podemos despojarnos de las mayores preocupaciones al respecto y fiarnos de nuestras capacidades. Dios es como un sello de garantía. Si Él es enormemente bondadoso y verdadero, no va a dotar de capacidades que marchan mal a quienes son creación suya. Según Descartes, gracias a Dios – la res infinita – podemos fiarnos de que el mundo – la res extensa – sí existe.

Estas últimas, son las que identificaremos como las tres ‘sustancias cartesianas’, y estas son de las que Descartes se servirá para sentar la realidad en su totalidad.

Vemos pues, que Descartes llega a la conclusión de que existen tres sustancias: la primera sustancia que encuentra es la res cogitans – esto quiere decir en latín, la ‘cosa que piensa’-. Por su parte, recordemos que Descartes nos describe en la tercera meditación, el ejercicio que llevó a cabo antes de encontrarse con la res cogitans. Es sencillo: cerrad los ojos, tapad vuestros oídos e inhibid los sentidos; luego, dialogad con vosotros mismos; esa voz interior que escucháis sería algo así como la res cogitans.

Descartes, como hemos dicho, se da cuenta de que, si se piensa, entonces, se tiene que existir, pues el pensar está tácitamente comprendido en el existir: cogito ergo sum. Por su parte, Descartes justifica que el mundo es como lo conocemos, utilizando la figura de Dios: ya que Dios es un ser perfecto y bueno (y es la segunda sustancia: res infinita), no es posible que nos quiera engañar así que, el mundo que percibimos (que es le tercera sustancia: la res extensa), es tal y como la conocemos. Así pues, si agrupamos las tres sustancias cartesianas, estas quedarían así:

  1. res cogitans; que soy yo, la sustancia pensante finita;

  2. res infinita; que es Dios, la sustancia infinita; y,

  3. res extensa; que es la realidad material o extramental

La realidad exterior queda limitada, a causa de lo que antes se ha dicho, a la extensión. Esto dará ocasión al mecanicismo cartesiano ya que una realidad reducida a la extensión únicamente puede deducirse de forma mecánica. Esto refuerza las incertidumbres de la relación entre alma y cuerpo, las que Descartes juzga como dos sustancias totalmente distintas. El escollo del inconveniente se advierte cuando, por ejemplo, se quiera dilucidar ¿de qué manera se puede explicar que una sustancia completamente inmaterial e inextensa pueda impactar en otra sustancia que es pura extensión, es decir, que está libre y exento de toda mezcla? Vista así las cosas advirtamos que, con Descartes, los animales, de la misma manera, terminan siendo artificios sin vida, cual máquinas parecidas o iguales a, por ejemplo, un teléfono móvil.

Tengamos en cuenta que en los tiempos de Descartes se inventan los primeros relojes mecánicos. Hoy en día, seguramente, un reloj mecánico, en términos generales, no nos impactará en lo más mínimo, pues estamos rodeados y convivimos con una realidad informática y tecnológica (teléfonos inteligentes, tabletas inteligentes, televisores inteligentes, neveras inteligentes, etcétera). Sin embargo, para ese entonces, los relojes mecánicos eran la vanguardia que revolucionaba la tecnología de la época de Descartes. Que una máquina a través de un sistema de resortes y engranajes tenga la capacidad de funcionar y moverse prácticamente de manera autónoma y con exactitud, resultó especialmente estimulante para muchos filósofos, incluido René Descartes.

Descartes presumía que el cuerpo, era solo una máquina creada por Dios; y en esta máquina, que es el cuerpo humano, no hay que comprender un alma vegetativa o sensitiva, ni ningún otro principio de vida. El movimiento de los órganos del ser humano, funcionan por su disposición, de igual manera que el movimiento de un autómata procede de sus contrapesos y de sus ruedas. Para Descartes, el cuerpo humano y el cuerpo de los animales hay que entenderlos en términos estrictamente mecánicos; y no solo hay que entender mecánicamente nuestros cuerpos, sino también el universo. El universo, según Descartes, hay que pensarlo como una gran máquina en la que el movimiento se transfiere a través de sus diferentes piezas. Dios origina el movimiento y, a partir de ahí, el mundo se mueve mecánicamente y es capaz, por sí mismo, de funcionar.

Siendo así, ¿alguna vez os habéis cuestionado qué es lo que nos hace distintos a nosotros los humanos con respecto a los demás animales? Pues bien, para Descartes los animales son como autómatas; muy complejos, pero los seres humanos también. Así que, ¿dónde está la diferencia? Según Descartes, la diferencia radica en que los seres humanos poseemos una mente – res cogitans-, en tanto que los animales son únicamente cuerpo – res extensa-. Los animales, están programados para eludir determinados estímulos (como el dolor físico) aunque en realidad, para él, los animales no sufren, porque, creía Descartes, el sufrimiento es un contenido mental.

Hoy, se sabe bien que Descartes se equivocaba porque los animales – los que cuentan con sistema nervioso central – sí poseen la capacidad de sentir y sufrir. Está claro que el dualismo mente-cuerpo, tuvo un gran eco histórico. Antonio Damasio – médico neurólogo de nuestro tiempo – escribió, no hace mucho, El error de Descartes. En esta obra critica, precisamente, la dicotomía de mente-cuerpo. Así pues, se concluye que el cerebro es parte del cuerpo: pensamos y sentimos con él. (Damasio, 1996)

A Descartes le preguntaron: si la mente y el cuerpo son cosas tan distintas y separadas, ¿cómo es posible que se relacionen? Para responder a esta cuestión, el filósofo francés, ingeniosamente, planteó una descripción de los procesos físicos y orgánicos en una obra titulada Tratado del hombre. (Descartes, Tratado del hombre, 1980) En esta obra, Descartes confeccionó un gran trabajo de fisiología; explicó cómo funciona la circulación de la sangre, el movimiento del corazón y la respiración. En cuanto a la vinculación cuerpo-alma, reparó en que nuestro cerebro está escindido en dos hemisferios. Todo en nuestro cerebro, advirtió, se encontraba duplicado, salvo una diminuta glándula llamada ‘glándula pineal’. Así pues, arribó a la conclusión de que la unión alma-cuerpo, se debía de producir en esta diminuta zona.

Terminemos esta parte, reflexionando y sosteniendo que, pese a que Descartes estaba errado en muchas de sus premisas, sobre todo porque trató de analizar el mundo con principios meramente mecanicistas; Descartes buscaba ser un filósofo original. Lo más brillante de este filósofo francés y de su filosofía, es la pregunta sobre ¿qué se puede conocer realmente con certeza? Y es que, esta cuestión, es la que principia la teoría del conocimiento en perspectiva moderna y, a pesar del tiempo transcurrido, todavía no descubrimos cómo dar respuesta a esa pregunta.

5 MORAL CARTESIANA

Hablar de la moral cartesiana, es referirnos, en primer término, a las máximas de la moral provisional de Descartes. Y decimos ‘en primer término’, porque, aunque Descartes no desarrolló una explicación específica sobre su moral definitiva, sí se puede advertir esta, revisando la correspondencia de este filósofo francés.

Al principio del Discurso del método, Descartes se inicia mostrándonos la intención primordial de su filosofía, que era tumbar la construcción del pensamiento encumbrado en su tiempo como cierto y reedificarlo a partir de los basamentos más firmes y patentes, que sean capaces de resistir a la incredulidad de cualquier escéptico. Con todo, hay que decir que Descartes no buscaba imponer su método a los demás, en esto era muy cauto: ‘mi propósito no es enseñar aquí el método que debe seguir cada uno para construir bien su razón, sino solamente hacer ver de qué forma he tratado yo de conducir la mía’. (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 5)

Descartes usará la duda como método y rechazará todo como verdadero, salvo que resulte evidente, claro y distinto; esto es, salvo que posea certeza de que es efectivamente verdadero. No obstante, Descartes admite que este método es una dificultad para la vida y para la acción. Y es que, en el pensamiento, se tiene la posibilidad de interrumpir el juicio largamente hasta estar totalmente seguro de algo; empero, en la vida, en la acción y en las decisiones, esto es algo imposible de realizar. Infinidad de veces, en la vida, se requiere decidir y hacer de forma imperiosa y rauda, sin contar con tiempo para aguardar el descubrimiento de la completa evidencia sobre algo. En este escenario, según Descartes, de la misma manera que una persona que demuele su casa requiere de un hospedaje provisional en tanto vuelve a rehacer su casa, él – Descartes – también va a requerir de una moral provisional con la que guiarse inmediatamente en la vida, hasta que logre reedificar la construcción del pensamiento y pueda obtener, con evidencia, los fundamentos de la moral definitiva.

La moral – la enseñanza o el saber que explica cómo gestionar nuestra vida y precisa qué es lo bueno y qué es lo malo en cada sociedad – era para Descartes uno de los productos más excelsos de las finalidades últimas del edificio del conocimiento. Por tanto, la moral le resultaba muy valiosa como para relegarla a un plano de muy larga espera; la realidad impone y necesita, muchas veces, una gestión inmediata sin posibilidad de tener las cosas claras en ese inminente momento. Siendo así, en tanto se esté desprovisto de los fundamentos que posibiliten deducir o derivar una moral definitiva y evidente, Descartes precisa de una moral provisional: ‘para no permanecer irresoluto en mis acciones tanto como la razón me obligara a serlo en mis juicios, y para no dejar de vivir desde entonces lo mejor que pudiese’. (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 19) Esta será una moral incompleta, y hasta defectuosa, pero que se puede seguir provisionalmente hasta que se encuentre una mejor.

Pues bien, son tres las reglas de la moral provisional cartesiana: la regla de la adaptación, la regla de la perseverancia y la regla de la felicidad de la vida.

  1. La regla de la adaptación: Descartes, con esta regla, nos propone vivir conforme a las leyes y costumbres del país en las que han sido emitidas, y atendiendo al criterio de los más sensatos.

(…) obedecer a las leyes y costumbres de mi país, manteniendo constantemente la religión en la que Dios me ha concedido la gracia de ser educado desde mi infancia, y gobernándome en todo lo demás según las opiniones más moderadas y más alejadas del exceso que fuesen comúnmente recibidas en la práctica por los más sensatos entre aquellos con quienes tendría que vivir. (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 19)

De esta regla, se pueden distinguir dos consejos:

1º Adáptate a las situaciones y particularidades que te toquen vivir, así como a las leyes y las costumbres de tu país y la religión de tu infancia. Es claro que, según Descartes, ni las leyes, ni las costumbres ni la religión, las determina uno mismo, sino que nos las encontramos establecidas desde que nacemos; no obstante, lo que sí podemos determinar, es cómo afrontar estas particularidades sin pretender cambiarlas abruptamente pues esto solo trae trastornos y mayores desórdenes (Descartes tenía muy en mente las guerras de religión que acontecieron en el siglo XVI). Con ello, para este filósofo francés, es preferible, preservar la paz interna y externa a través del acatamiento a las leyes y a la religión, sobre todo porque las dos juegan un rol tremendamente relevante en la sociedad.

2º. Compórtate módicamente, apártate de los descontroles y sigue el actuar de las personas más sesudas con las que vivas. Descartes sostiene que, pese a que puedan existir personas sesudas en ámbitos lejanos, lo más conveniente y eficaz es orientarse atendiendo a aquellos que tengamos más cerca y con los que nos una alguna afinidad cultural. Por su parte, en cuanto al descontrol o exceso, para Descartes, todo exceso, por lo regular, es malo; en todo caso, si erramos decidiendo sobre algo, siempre resultará menos dañoso si he preferido guiarme por el término medio antes que guiarme por los extremados excesos.

  1. La regla de la perseverancia: Descartes aquí plantea ser lo más sólido y eficiente posible, lo que nos conducirá a dejar la ignorancia, puesto que, de lo contrario, si no se sabe qué hacer, nos sobrevendrá la ignorancia y la indeterminación: ‘(…) ser lo más firme y resuelto en mis acciones que pudiera, y no seguir menos constantemente las opiniones más dudosas, una vez que me hubiera determinado a ello, que si hubiesen sido muy seguras (…)’. (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 20)

Vale decir, en el momento que te has decidido por algo, cuando te has determinado hacia una decisión – aun cuando lo hayas hecho por causas dudosas y escasamente patentes-, tienes que asumirla como si fuera una determinación decidida por las razones más evidentes. Tienes que seguir por ese rumbo e ir hasta el final sin apartarte de él y sin distracciones irrelevantes o similares. Para Descartes, los seres humanos, somos seres que estamos perdidos en mitad de un bosque:

(…) encontrándose extraviados en un bosque, no deben errar girando de un lado a otro, ni menos pararse en un sitio, sino marchar siempre lo más rectamente que puedan en una misma dirección y no cambiarla por débiles razones, aunque solo el azar acaso les haya determinado a escogerla en un principio, pues por este medio, si no llegan justamente a donde desean, al final llegarán, al menos, a alguna parte, en donde verosímilmente estarán mejor que en medio de un bosque. (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 21)

Ante el desconocimiento del bien y del mal – el bosque-, el único bien que puedo saber con certeza es que tengo que retirarme de esa situación de ignorancia, de una o de otra forma; por ello, hay que escoger un rumbo sin permitir que cualquier razón débil nos retire de él pues, de lo contrario, nos quedaremos atascados sin poder arribar a parte alguna. Por deficiente que resulte lo que aprendas, recorriendo el rumbo elegido, invariablemente, en todos los casos, resultará siempre preferible echar andar, que quedarse bloqueado en la ignorancia: ‘Y esto fue capaz, desde ese momento, de librarme de todos los arrepentimientos y remordimientos que agitan comúnmente la conciencia de esos espíritus débiles y vacilantes que se dejan arrastrar inconstantemente a practicar como buenas cosas que después juzgan malas’. (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 21)

Advirtamos el criterio contrario que asume Descartes al proponer la segunda regla de su moral provisional – regla de la perseverancia – respecto de la primera regla de su método filosófico – regla de la evidencia-. Recuérdese que la primera regla del método cartesiano (regla de la evidencia) sostenía que no se podía admitir nada como verdadero, salvo que se manifestara como totalmente evidente. Por el contrario, en esta segunda regla de su moral provisional (regla de la perseverancia), Descartes, sostiene que en la vida debemos atrevernos y lanzarnos a ir por uno u otro camino, aun cuando solo contemos con las razones más débiles y dudosas; además, sostiene que, una vez lanzados al camino que hemos decidido, debemos tratarlo a este como si lo hubiéramos elegido por las razones más evidentes e irrefutables. No obstante, esta contradicción se puede explicar del siguiente modo: caigamos en cuenta que la duda cartesiana es una duda teórica mas no práctica; la duda cartesiana, no polemiza sobre los conocimientos que conciernen sobre lo que tenemos que hacer, sino que discute sobre lo que tenemos que saber: ‘(…) la duda hiperbólica que practica en la primera de las Meditaciones y que no cabría aplicar a la vida práctica (usus vitae)’. (Brague, 2022, p. 18) Es decir, en las cuestiones teóricas, la voluntad no debe decidirse cuando se carezca de evidencia; mas, en las cuestiones prácticas, la voluntad tiene el deber y la necesidad de decidirse, sin esperar a la evidencia o certeza.

  1. La regla de la felicidad de la vida: En esta regla Descartes sienta la idea de que, si nos mantenemos turbados por el orden del mundo, nos desplomaremos a los brazos del fracaso y del infortunio; mientras que, si desisto de la obsesión por aquello que puedo determinar yo, y me dedico, más bien, a mis pensamientos, tendré una vida feliz y satisfecha.

(…) intentar siempre vencerme a mí más bien que a la fortuna y cambiar antes mis deseos que el orden del mundo, y, generalmente, acostumbrarme a creer que no tenemos enteramente nada en nuestro poder excepto nuestros propios pensamientos, de modo que cuando hemos hecho todo lo que podemos respecto a las cosas exteriores, todo lo que falle para tener éxito es, respecto de nosotros, absolutamente imposible. Y esto solo me parecía suficiente para impedirme desear nada en el porvenir que no consiguiese, y así, tenerme contento (…). (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 21)

La anterior es una idea que guarda relación con la moral estoica y con su máxima referida al ‘imperio de uno mismo’, moral que evidentemente tiene mucha influencia sobre el desarrollo filosófico de Descartes.

La regla de la felicidad consiste en no desear ni pretender transformar lo que no puedo transformar. Este apotegma busca lograr el desarrollo de una vida sosegada y dichosa, copiando a los estoicos. Empero, ser feliz supone poseer todo lo que se añora; en este sentido, si conservo algún anhelo incumplido, algo que anhelo pero que no poseo, entonces, caeré en un estado de frustración por la insatisfacción de ese anhelo y, con ello, además, caeré en un estado de infelicidad. Ahora bien, esto no significa que debo dedicarme a buscar un paralelismo igualitario entre lo que anhelo y lo que poseo; no se trata de perseguir rematadamente todo lo que se anhela y todo lo que no se posea; se trata, más bien, de lo contrario: esto es, tener apetencia únicamente de lo que ya poseo, y de nada más; o sea, no se trata de transformar el mundo y mis particularidades para que estas se ajusten a mis deseos, sino, se trata de cambiar mis deseos para que estos se ajusten al mundo y a mis circunstancias. Si no alcanzas una meta, pese a que has hecho el mayor esfuerzo para lograrla, no te encolerices; estímala como una meta imposible de alcanzar, y punto; si, aun poniendo tu mayor empeño no logras alcanzar la meta, es que no la tenías que alcanzar:

(…) si consideramos todos los bienes que están fuera de nosotros como igualmente alejados de nuestro poder, no tendremos nunca el pesar de carecer de aquellos que nos parecen ser debidos a nuestro nacimiento, cuando estemos privados de ellos sin culpa nuestra, como no echamos de menos no poseer los reinos de China o Méjico, y haciendo, como se dice, de la necesidad virtud, no desearemos más estar sanos estando enfermos o estar libres estando en prisión (…).

Según Descartes, habituándonos a tomar como inalcanzables todos aquellos bienes de los que estamos desprovistos, lograremos desenvolver una vida tan completa y feliz, tal y como las personas más dichosas y afortunadas, las que, en demasiados casos, viven en realidad insatisfechas y frustradas pues, pese a que poseen muchísimas cosas, continuamente se la pasan anhelando más de lo que tienen.

Luego de precisar estas tres reglas, Descartes, termina concluyendo, sobre ellas, que lo mejor es vivir la vida cultivando la razón para prosperar cuanto se pudiera en el conocimiento de la verdad:

Las tres máximas precedentes no se fundaban sino en el propósito que tenía de continuar instruyéndome; pues habiéndonos dado Dios a cada uno cierta luz para discernir lo verdadero de lo falso, no me parecía deber de contentarme un solo momento con las opiniones ajenas si no me hubiese propuesto emplear mi propio juicio en examinarlas cuando fuera a tiempo (…). (Descartes, Discurso del método, 1994, p. 23)

Vemos pues que Descartes propone una moral provisional para vivir de mejor forma la vida; asimismo, aunque Descartes no menciona, específicamente, una como tal, en doctrina se hace referencia también a la moral definitiva cartesiana; esta, estaría orientada hacia la beatitud. La llamada ‘moral definitiva de Descartes’ se ha obtenido de la correspondencia que este remitía a la princesa Isabel de Bohemia (Descartes, Correspondencia sobre la moral y la libertad, 2020, p. 141) en las que formuló tres preceptos que habría que seguir para alcanzar el contento de sí mismos sin esperar nada de otra parte:

  1. Hay que procurar servirse siempre del ingenio para saber lo que se debe hacer o no hacer en todas las circunstancias de la vida.

  2. Debemos tener una sólida y permanente determinación de ejecutar todo según lo que la razón recomiende y sin que las pasiones y deseos nos alejen de ello.

  3. No querer lo inviable porque nos imposibilita el ser felices.

Para Descartes la beatitud consiste en un cabal e insuperable contento del ánimo y en una satisfacción interior; vivir en beatitud es poseer el ánimo perfectamente contento y satisfecho. Aquí radicaría el ámbito de la moral definitiva, distinta de la provisional del Discurso del método. Y es que una moral provisional (imperfecta) no nos guiaría hacia una vida beata en la que hubiéramos alcanzado nuestro soberano bien; la vida beata da por descontado el haber obtenido la sabiduría, que es lo que nos suministra nuestro elevado bien.

Este elevado contento nos lo proporcionan dos tipos de cosas: aquellas que dependen de nosotros, como la virtud y la sabiduría, y aquellas otras que no dependen de nosotros, como los honores, las riquezas y la salud. Para Descartes la beatitud se determina con la orientación de la razón natural; es decir, alejada, en principio, de la religiosidad. La utilidad de la moral estará, precisamente, en la regulación de los deseos que excitan en nosotros las pasiones, de ahí la importancia del conocimiento de su naturaleza e índole. La virtud tiene un rol determinante en la regulación y control de los deseos, de ahí que, para Descartes, su ejercicio resulte una soberana cura contra las pasiones:

Y para que nuestra alma tenga algo con que contentarse solo necesita seguir exactamente la virtud. En efecto, todo aquel que haya vivido de tal modo que su conciencia no pueda reprocharle que haya dejado nunca de hacer todo aquello que ha juzgado lo mejor (que es lo que aquí llamo seguir la virtud) recibe una satisfacción tan poderosa para hacerle feliz que ni los mayores esfuerzos de las pasiones tienen jamás poder suficiente para turbar la tranquilidad de su alma. (Descartes, Las pasiones del alma, 2011, p. 215, 216)

Si se actúa según lo que dispone nuestra razón, según Descartes, nunca nos lamentaremos, pese a que luego, las consecuencias nos enseñen que hemos errado ya que ello no será por alguna falta de nuestra parte.

Tampoco es necesario que nuestra razón no se equivoque; basta con que nuestra conciencia nos dé testimonio de que jamás hemos carecido de resolución y de virtud para ejecutar todas las cosas que hemos juzgado ser las mejores. Y así, la sola virtud es suficiente para llegar a estar contentos en esta vida. (DESCARTES, Correspondencia sobre la moral y la libertad, 2020, p. 142)

Además, no todo deseo es antagónico con la beatitud – a decir de Descartes-, sino que, únicamente lo es, cuando se le añaden la impaciencia y la tristeza. El deseo, cuando proviene de un verdadero conocimiento no puede ser malo, en tanto que este no se exceda y que se encuentre determinado y regulado por ese conocimiento. Lo violento puede ser nocivo a la salud y, lo moderado, por el contrario, ser útil. (DESCARTES, Las pasiones del alma, 2011, p. 210)

6 CRÍTICA A LA FILOSOFÍA CARTESIANA

Habría que empezar destacando en esta parte que, realmente, Descartes no hace un gran aporte filosófico a la teoría del conocimiento. Su mayor valor lo ubico en el ímpetu vital que despierta en su realidad y en su época. Esto es, Descartes enciende la llama de la duda y de la crítica sobre la realidad que le rodeaba y se le imponía como incuestionable. Por tanto, desde una visión crítica y objetiva, se puede afirmar que Descartes no desarrolló ni logró una filosofía potente, pero si logró despertar la potencia del ser humano para tomar una actitud reflexiva y crítica sobre la realidad que le rodea y que le pretende imponer lo que es bueno y lo que no lo es:

La importancia del cartesianismo, más que en sus escasas aportaciones concretas y positivas a la filosofía, consiste en el espíritu de audacia, de criticismo, de ruptura con el pasado y de apertura hacia un modo independiente de pensar. (…) Descartes lanzó un movimiento cuya potencia ya no podría dominar su propio autor. (FRAILE, 2011, p. 546)

Me parece pertinente pretender que la filosofía alcance un nivel de conocimiento preciso. No obstante, esta pretensión no debe perder de vista que la filosofía es un conocimiento vivo y dinámico, por lo que no puede contar con el mismo tipo de precisión que las matemáticas o que las ciencias empíricas. El método matemático es óptimo para las situaciones matemáticas, pero no para el conocimiento filosófico; y, el método científico es óptimo para las cuestiones científicas: ‘El error fundamental de Descartes consistió en pretender establecer simultánea y conjuntamente los fundamentos y el método de la filosofía y del conocimiento científico, que solo tienen de común los principios lógicos y formales con que ambos operan’. (Isnardi, 1937, p. 87) Además, es imposible que con un solo método se pueda conocer todo aquello que es objeto de conocimiento. Lo cierto es que el método lo determina el objeto de conocimiento, y no a la inversa. No es razonable requerir el tipo de precisión exacta que Descartes exige. Nosotros no desarrollamos el día a día requiriendo este modo de exigencia a las cosas y a nuestro conocimiento para realizar algo; si fuera así, jamás decidiríamos algo. El no poder contar con el conocimiento cien por cien seguro, riguroso, apodíctico, evidentísimo, sobre algo, no supone que no podamos tener algún tipo de conocimiento sobre ese algo, ni que por no tener este conocimiento riguroso haya que descartarlo por completo dándolo por falso o incognoscible.

Se puede hacer una crítica también a partir de la idea de la duda cartesiana. Se puede decir que la duda no es un óptimo método de conocimiento; de hecho, la duda tampoco es el inicio o el motor del conocimiento. El principio del conocimiento se produce – tal y como lo sostenían los clásicos – con la admiración, no con la duda. La duda, muchas veces, y en especial el tipo de duda que Descartes está proponiendo, más bien, lo que hace es imposibilitar u obstaculizar el conocimiento. Por un lado, una cosa es advertir porqués o causas para dudar, y otra muy diferente es dedicarme a dudar deliberada y voluntariamente, sin contar con fundamento alguno. Por otro lado, la práctica de pretender conocer algo, no se inicia con la duda; se inicia, como he referido antes, con la admiración. Cuando algo despierta nuestra atención y deseamos conocer más sobre ello, si en vez de seguir esa admiración y ahondar más en ese conocimiento, que ha despertado mi atención, me dedico a dudar acerca de ello, o dudo sobre si existe o no existe, o dudo de si lo debo seguir o no seguir, o dudo de si la admiración es un engaño, etcétera, pues, es muy posible, que ese conocimiento se quede bloqueado. Esto no quiere decir que en la admiración no exista un instante de duda, o un instante escéptico; sin embargo, esto es algo que se produce espontáneamente pues al no conocer aquello que me causa admiración me surge una duda obligada, pero que se basa en mi desconocimiento de aquello que ha llamado mi atención; se trata pues de una duda lógica y espontánea, fruto del desconocimiento de aquello que me causa admiración; no se trata de una duda a la que yo me determiné de manera voluntaria en busca de obtener un riguroso y preciso conocimiento. Si no tengo un conocimiento completo de aquello que por admiración estoy conociendo, es lógico que no pueda estar seguro de todo el conocimiento que compone aquello que provoca mi admiración; ese es el origen y el nivel de mi duda espontánea sobre aquello que estoy conociendo. No se trata de una duda calculada y voluntaria, que es la que propone y exige Descartes sobre todo aquello que es objeto de conocimiento.

De otro lado, recordemos que Hume duda de la existencia del yo, o al menos, del yo como sustancia, que es lo que, según Descartes, es tan evidente y de lo que no cabe duda alguna. Realmente, no existe razón coherente en la propuesta de Descartes para no dudar del yo; pero es que Descartes, no duda del yo, simplemente, porque no quiere hacerlo, pese a que, en cierta forma y en estricto, está contraviniendo su propia duda metódica sobre el conocimiento y, al fin de cuentas, este es el problema de la duda cartesiana ya que parece que Descartes se pierde en el capricho voluntario y dogmático. En todo caso, si de lo que se trata, con el método cartesiano, es de ubicar los conocimientos indudables, Descartes debió tener en cuenta los tres principios de la lógica identitaria clásica; sobre ello, Aristóteles, en su Órganon, plantea que, al mismo tiempo y dentro de la misma relación, únicamente se dan estas condiciones o principios:

  1. Algo no puede ser y no ser. Este es el llamado ‘principio de identidad’: A=A. O sea: si A es, A no puede no ser, al mismo tiempo y dentro de la misma relación;

  2. Es imposible que un atributo pertenezca y no pertenezca al mismo sujeto. Este es el llamado ‘principio de no-contradicción’: si {A es x} → {A no es no-x}, donde x y no-x son atributos contrarios; ejemplo: algo no puede ser blanco y no-blanco, al mismo tiempo y dentro de la misma relación;

  3. Dos proposiciones contradictorias no pueden ser verdaderas ambas. Este es el llamado ‘principio del tercero excluido’: dados los enunciados {A es x} y {A es diferente de x}, solo uno de los dos puede ser verdadero, al mismo tiempo y dentro de la misma relación.

Como vemos, de forma explícita los dos primeros principios pretenden referirse al mundo: en el primer caso, al ser de las cosas; en el segundo caso, a los atributos de las cosas. El tercer principio es el único que se refiere a proposiciones, aunque supuestamente se valida porque estas se refieren al mundo. Claro que los atributos de existencia o de pertenencia que se encuentren en pugna no pueden existir más que en proposiciones. (BUSTAMANTE ZAMUDIO, 2008)

Estos tres principios constituyen verdades necesarias y ciertas, en las que no cabe lugar a duda. Y todo esto, sin necesidad de aplicarles la duda metódica.

Nos podemos fijar también en los argumentos que Descartes usa para comprobar la existencia de Dios.

Descartes afirmaba que Dios era el fundamento de la idea de infinito que poseemos en nuestra mente. El razonamiento aproximadamente era de la siguiente forma: yo hallo en mí una idea de infinito y, esta idea de infinito, ni la he conseguido de fuera ni me la puedo haber fabulado yo; y no la puedo haber fabulado yo, porque yo no soy infinito, sino que soy finito y, por ende, no podría fabricar una idea infinita; en consecuencia, un ser infinito es el que tiene que haber colocado esa idea infinita en mi mente. Pues bien, si objetamos este razonamiento, podemos partir del hecho de que para explicar la idea de infinito no solo se puede acudir a lo planteado por Descartes. Siendo así, podemos razonar de este ulterior modo: si el infinito es la negación de lo finito, entonces, no requiero haberlo experimentado ni que algo o alguien distinto a mí me lo coloque en la mente; simplemente, tomo el concepto de lo finito y lo niego, es decir, le adiciono la negación. Dicho en otras palabras, la idea de infinito se extrae y se consigue por negación de lo finito; de modo que, la idea de infinito tiene la cabal posibilidad de ser una edificación mía, por lo cual, no precisa el ser una idea innata.

De otro lado, si nos fijamos en el argumento ontológico, veremos que Descartes desarrollaba su argumento de la siguiente manera: yo tengo la idea de un Dios enormemente perfecto, para que sea enormemente perfecto tiene que existir porque si no existiera carecería de una perfección, con lo cual, ya no sería perfecto; por ende, la idea de Dios supone, forzosamente, que Dios existe. Esto es lo que argumenta Descartes; ahora bien, puestos a realizar una objeción sobre ello, podemos advertir, en principio, que no es lo más apropiado deducir la existencia de algo desde su concepto; a lo más, se podría aceptar que Dios existe de forma necesaria, no obstante, esto no demuestra que Dios exista; se puede decir, entonces, que se produce un salto ilegítimo del plano mental al plano real. No es posible transitar del ámbito mental al ámbito real sin haber principiado antes en el ámbito real. Y esto es fácil de corroborar si atendemos, por ejemplo, a los razonamientos clásicos de Santo Tomás de Aquino y de Aristóteles quienes para demostrar la existencia de Dios principian siempre de la realidad, es decir, desde cosas conocidas en lo real. Además, debemos atender también a la crítica que realiza Kant referida al hecho de no estimar a la existencia como una perfección, porque la existencia es, en verdad, el requisito para que haya perfecciones; de modo que, la existencia no resulta ser una perfección que adicionar, ocurrentemente, a la lista de perfecciones divinas. De hecho, Santo Tomás de Aquino ya decía en la Suma Teológica que no es posible confeccionar un argumento desde el concepto de Dios porque nosotros no contamos con el conocimiento directo de la esencia de Dios; si bien, Dios es evidente quod se – en sí-, no es evidente quod nos – para nosotros-. Por ello, lo correcto es hacer evidente la existencia de Dios a través de argumentos distintos que nazcan de lo que es más evidente para nosotros. En Santo Tomas y Aristóteles, esos argumentos partirán de la información que tomamos por los sentidos; desde estos dos autores, partir de una supuesta evidencia hallada en el concepto de Dios, en realidad es una evidencia falsa, es decir, no es una evidencia de la existencia de Dios.

Con todo, la crítica más relevante que le haremos a Descartes en este asunto, y que en verdad ataña a todas sus meditaciones metafísicas, es que él está cayendo en una patente contradicción. Al inicio de sus meditaciones dijo que iba a dudar de todo y que iba a comenzar de cero; sin embargo, no ha hecho esto, precisamente, con la idea de Dios. De esta idea de Dios no duda, y además afirma que es una idea innata y evidente. Lo cierto es que, la idea de un Dios creador es una idea que se conoce en el judaísmo y en el cristianismo, mas no es una idea que haya existido en toda la historia, ni lo posee todo el mundo; desde este enfoque es imposible hablar de una idea innata como justificación de la existencia de Dios. Además, es difícil sostener que es más evidente la idea de Dios que el conocimiento sensible. Realmente, Descartes invierte al orden natural del conocimiento: los seres humanos comenzamos conociendo la realidad sensible, después nos conocemos a nosotros mismos y, luego alcanzamos el conocimiento de Dios como realidad divina.

Así pues, es interesante advertir, que parece imposible aspirar a comenzar la filosofía desde el yo y de cero obviando que para arribar a la idea del yo he requerido de las cosas exteriores.

Asimismo, podemos notar que Descartes se refiere, reiteradamente, al yo y a Dios, olvidándose del otro, es decir, se olvida y omite al . Descartes obvia el punto sobre la multiplicidad de yoes; ¿hay más personas aparte del yo? No queda claro, desde el método cartesiano, cómo determino si hay más personas además de yo; cómo se podría dar solución a esta cuestión desde su método y desde las categorías que Descartes ha determinado. Realmente yo no puedo tener evidencia de la conciencia de otro ni de la existencia de ese otro, no desde el método cartesiano. Ajustándonos de forma consecuente a sus argumentos, deberemos decir, de los demás, que solo conozco, con evidencia y certeza, la extensión, porque verdaderamente no poseo algún camino directo a la conciencia del otro, en contraste de lo que pasa conmigo mismo. Así pues, quedan limitados los otros al simple mundo material y mecanicista, a una posición semejante a la de los animales, dentro del seno de lo que es el sistema cartesiano. Parece que Descartes no ha tenido en cuenta que arribamos a ser conscientes y a tener una idea del yo y de nosotros mismos, únicamente a partir de la interrelación con los demás, es decir, con los otros; y es que, el ser humano, es un ser social por naturaleza. De modo que, parece indudable, de algún innegable modo, el antecede al yo: un bebé dice primero papá, antes de decir yo. A la sazón, si al yo arribamos por vía del , pretender principiar la filosofía desde cero, obviando esta vía de conocimiento, implica, a lo menos, una forma errada de pretender el inicio de la reflexión filosófica.

Y ya que estamos refiriéndonos a la propuesta de empezar de cero de Descartes, habrá que decir algo al respecto. Descartes propone comenzar totalmente de cero y, además, dudar de la totalidad de las opiniones antiguas, de todas las vetus opinio. No obstante, como ya advertí antes, verdaderamente, Descartes no cumple con su propia propuesta metodológica; y es que cuando habla de Dios, Descartes habla de un Dios creador, omnipotente, hondamente perfecto y, como es claro, esta idea de Dios es en sí una vetus opinio que él no pone en duda y que, encima, quiere hacer pasar por una idea innata. Esto no resulta muy coherente con su razonamiento metodológico que se suponía había que aplicarlo a todo el conocimiento.

Si seguimos reflexionando sobre las situaciones concretas donde se evidencia la falta de coherencia del método cartesiano, nos percataremos que Descartes duda mucho de sus sentidos, mas no de su memoria. Y es que, siguiendo el mismo razonamiento cartesiano para dudar de los sentidos, se podría dudar también, perfectamente, de la memoria. La memoria también se equivoca y, muchas veces, nos confunde y hasta nos defrauda. Pero Descartes, pese a ello, no se refiere a la posibilidad de dudar de la memoria. Esto tiene cierto sentido, porque si se duda de la memoria, desaparecería la capacidad de estructurar un discurso racional; no habría palabra o frase que pueda cobrar sentido si se duda de la memoria.

Pues bien, lo cierto de todo es que, verdaderamente, no es posible dudar de todo y comenzar la filosofía y el conocimiento de cero. Si se busca comenzar de cero, Descartes tendría que haber retornado a los principios de la especie humana e inventar nuevamente el lenguaje. No se trata solo de que no sea posible comenzar de cero la construcción del conocimiento y de la filosofía, sino que, además, no es imprescindible hacerlo. Y es que, Descartes, no reconoce el valor de la tradición. Para explicar esto hay que reparar en que Descartes, históricamente, vive en un tiempo en que la filosofía está muy maltrecha pues muchos critican a la escolástica que imperaba en ese entonces. Es en este escenario que Descartes parece sentirse impulsado a echar todo abajo, para comenzar todo desde cero. Echar todo abajo es un error pues la tradición tiene un gran valor, porque es lo que han pensado y experimentado otros seres humanos durante miles de años. Retomar el pensamiento de otros, es una muy buena forma de adelantar en el conocimiento y, también, en la filosofía. Así pues, no es necesario, y es, incluso estéril retornar y pretender comenzar todo el conocimiento filosófico desde cero; de hacerlo, lo más posible, es que se termine errando y cayendo en contradicciones y en dificultades lógicas e insuperables.

Es curioso también advertir, como esta idea cartesiana de empezar todo desde cero, es reproducida por otros subsiguientes autores quienes, siguiendo el planteamiento de Descartes, tratan de establecer, ellos, la nueva verdad del mundo. Para Nicolas Malebranche, Descartes pretendió empezar de cero, pero lo hizo mal, por ello, él supone que lo hará correctamente; luego, viene Spinoza, y nos dice que Descartes y Malebranche lo intentaron, pero lo hicieron mal y que, por ello, él comenzará de cero, otra vez, para, ahora sí, hacerlo bien. Se nota el cómo influyó el ímpetu de Descartas en estos dos autores.

No se trata tampoco de afirmar que la tradición, por ser tal, posea, per se, valor de verdad. La tradición, es cierto que tiene un valor y este no debe ser obviado y, si se quiere superar o mejorar la idea establecida por una tradición corrigiendo sus posibles errores, hay que conocerla anticipadamente para perfeccionar el conocimiento, mas no obviarla como si no existiera. Conociendo la tradición se podrá mantenerla o, incluso, descartarla como idea a seguir. La pretensión de Descartes de comenzar él, todo el conocimiento y la filosofía, resulta una labor imposible y desproporcionada para un solo ser humano.

7 LA FILOSOFÍA CARTESIANA Y EL DERECHO

Como hemos visto, René Descartes, propone la duda metódica como medio para alcanzar el conocimiento y la certeza de este. Este método lo propone inspirado en el rigor del método matemático. Se trata de alcanzar el conocimiento certero de todo, deduciéndolo desde la capacidad intelectual del ser humano. Por supuesto, el derecho, siguiendo a la filosofía de Descartes, también debía seguir este derrotero cartesiano.

Si pensamos en el devenir histórico del derecho, nos encontraremos, en un primer momento, con un derecho natural clásico donde todo encontraba respuesta en la idea teologal y divina. Dios era la respuesta para todo y, con ello, también para el derecho; Santo Tomas de Aquino y la escolástica serán buenos representantes de esta etapa del derecho. Luego, con Descartes, en el siglo XVII, surge el derecho natural racionalista con el que el razonamiento humano pasa a ser el fundamento de la legitimidad del Derecho y, por consiguiente, de la norma escrita. El conocimiento cartesiano supone una certeza que se alcanza con el razonamiento. Únicamente se requiere pensar y emplear el método deductivo cartesiano para evidenciar la verdad. Diego García Paz lo explica del siguiente modo:

Desde un punto de vista procesal, el método cartesiano es determinante en la valoración de la prueba, y en su práctica surgen todos y cada uno de los principios del sistema racionalista sentados por Descartes: se parte de la duda metódica y universal, en el caso del proceso esta duda consiste en la existencia y verdad del hecho objeto de enjuiciamiento, y es por medio del mecanismo de la deducción o inferencia mediata a través de hechos colindantes de donde se extrae la verdad de lo acontecido, acreditando el hecho, determinándose de este modo su carácter de hecho probado y con ello la integración del tipo objetivo del injusto, en el caso del proceso penal. No se trata de adquirir la certeza del hecho a través de la mera intuición (es decir, a través de la revelación), sino de forma deductiva, aplicando la argumentación y el razonamiento a aquellos factores concomitantes y simples que combinados entre sí conllevan a acreditar la existencia del hecho. Solo a través de la inferencia deductiva, del razonamiento, que resulta mediata por cuanto surge de la consideración de varios elementos objetivos, se llega al grado de confirmación de la verdad a través de una conclusión. Como se ve, Duda, Deducción y Conclusión son los fundamentos del método de René Descartes y la base de la práctica de la prueba en el proceso. Y, desde una perspectiva aún más elevada, los mismos conceptos resultan de aplicación al fundamento del proceso penal, pues la presunción de inocencia es la plasmación jurídica de la duda metódica y universal, siendo preciso demostrar la verdad de la culpabilidad (hecho dubitado) a través del razonamiento acusatorio (deducción) que conlleve a la condena en sentencia (conclusión). (GARCÍA PAZ, 2022)

Visto lo anterior, es evidente que los postulados de René Descartes contribuyen a la realidad jurídica a partir de la modernidad; es decir, el Derecho también se desarrolla con el postulado de la duda, aunque no siempre con el sentido específico cartesiano de desechar el conocimiento que no nos proporcione total certeza (el in dubio pro reo, por ejemplo). También es cierto, que el derecho es dinámico, y no siempre la misma certeza de un tiempo, funciona para otro, con lo cual, la validez del Derecho debe adecuarse a esta realidad dinámica de la sociedad y del derecho.

En general, lo importante en Descartes es que plantea que no se tome como cierto aquello que no ha alcanzado el nivel de certeza. Cierto es que tampoco se trata de dudar de todo y de desechar todo aquello que nos provoque duda; esto, porque la vida humana no es exacta ni tampoco el conocimiento y la filosofía en la que se desarrolla. Quiero decir, que un nivel coherente y espontáneo de duda, debe ser aceptado en la existencia humana y en su desenvolvimiento, pues de lo contrario sería imposible vivir. Dar como válido únicamente aquello que resulte indubitable, es un exceso.

Ahora bien, también resulta excesivo e inaceptable, el aceptar como cierto o acatar determinadas situaciones, ya no solo sin dudar en absoluto sobre ellas, sino sin siquiera tomarse el tiempo para pensarlas. Esto es algo que en el mundo de los derechos hoy lo estamos viendo, para desgracia de nuestra humanidad y de nuestro intelecto. Hoy demasiadas personas, a nivel mundial, se han convertido en masas obedientes y sumisas que aceptan como ciertas determinadas situaciones y acatan medidas que se imponen en contra de su salud y de sus derechos – incluso en contra de sus derechos constitucionales (20 Minutos, 2021) – simplemente porque es lo más cómodo, o porque la mayoría lo acepta y lo acata, o porque lo dice tal o cual autoridad, o porque lo necesita para poder viajar, o para poder irse de fiesta, o de vacaciones, etcétera. Parece que hoy solo importa dar satisfacción a las pasiones banales; de alguna forma, se ha logrado imponer este tipo de pasiones como símbolos o representaciones del triunfo de nuestras vidas. Así, dinero, poder, sexo, trabajos bien pagados, coches y casa de lujo, etcétera, parecen ser las únicas metas importantes que alcanzar. El pensamiento crítico y la formación intelectual han quedado relegados a un último plano, ya que estos impedirían que descontrolemos nuestras vidas y caigamos en el desdén de nuestros derechos y de nuestra propia existencia. De esto sacan partido determinados grupos de interés y, lo peor, es que son estos mismos grupos los que fomentan este descontrol para poder mantener distraídas a las masas débiles que seducidas por las pasiones banales, se hunden en el desgobierno de sus vidas dejándose manipular al antojo de quien se aprovecha de esto. Cuando se le increpa a algún miembro de esta masa obediente y este se siente acorralado por la evidencia argumental que no puede refutar, normalmente, huye de responder coherentemente y pasa a las actitudes violentas o a las respuestas circulares y sin sentido:

(…) si queremos aprovechar las pasiones en nuestra vida, tenemos que pensar en los medios de dominarlas. Porque en la medida que no las dominemos nos procurarán más disgusto y sobresalto que felicidad. (…) Lo que hay que hacer es dirigir la atención hacia aquellos motivos que nos ponen de manifiesto que el peligro no es tan grande, que la defensa es más aconsejable que la huida, que la victoria nos proporcionará gloria y alegría; la huida, disgusto y vergüenza. (…) Las almas débiles no se pueden regocijar (…) con triunfos; se hallan entregadas a sus pasiones, lo mismo las buenas que las malas. Lo que vence en sus almas al afecto no es la voluntad racional, sino otro afecto más fuerte, que desplaza al primero para quedar dueño y señor del espíritu. (Hoffmann, 1932, p. 168, 169)

Con todo, el mundo del derecho debe y tiene que ser pensado y, además, puesto en razonable y coherente duda. A saber, como el derecho y los derechos son gestionados y determinados hoy, en última instancia, por el poder – nacional e internacional-, siempre hay que estar alertas ante la posibilidad de que se produzca un abuso de ese poder. Es decir, hay que estar atentos a que, con el establecimiento de una norma legal, no se nos pretenda conculcar o acortar derechos o que, realmente, se estén persiguiendo intereses particularistas, dogmáticos o partidistas que vayan en contra del buen ejercicio del mundo jurídico.

Atendamos a que, hoy más que nunca, estamos en una realidad de continua censura a la opinión discordante con el régimen oficial y con los poderes que los subvencionan. La gran mayoría de los medios de comunicación, han dejado de dar información y se dedican a provocar la confusión con propaganda calculada para poder manipular a las masas y para que estas obedezcan sin dudar, sin criticar y hasta sin pensar sobre ello. Si no acatas eres etiquetado como una suerte de ‘mal ciudadano’, y te cierran o suspenden las cuentas en las redes sociales, te inventan noticias falsas, o, si resultas más incisivo, hasta te acosan judicialmente por todos los flancos posibles hasta agobiarte y obligarte a que ceses en evidenciar sus mentiras. Esto es así y, lamentablemente, es innegable.

Por ello, el planteamiento de Descartes partiendo del pensamiento, de la duda y, con ello, de la crítica para llegar a la verdad, sí es algo que debemos rescatar en el mundo del derecho y de los derechos de hoy:

(…) Descartes fue el pensador (…) que situó el problema del conocimiento, o de la razón, en el centro de la reflexión. El sujeto, la razón y su 1,5 pt conocimiento adquirieron la primacía sobre las consideraciones que directamente, sin la mediación del sujeto, versasen sobre el objeto, el mundo o los hechos. (Xiol, 2015, p. 124)

En España, por ejemplo, más que un confinamiento ilegal y generalizado de nuestras libertades, sufrimos un arresto domiciliario de nuestro pensamiento y de nuestros derechos inherentes. La masa terminó transformada en una humanidad o una ciudadanía asustadiza y obediente, sin capacidad de crítica y de duda, pese a la gestión, más que sospechosa, que se iba tejiendo y que hoy sabemos, en su mayoría, eran solo mentiras y tergiversaciones oportunistas. La masa obediente se hizo inoperante, indolente, cómoda, crédula, indiferente e indecente; una masa que se dejó, y se sigue dejando, manejar, sobre todo, emocionalmente; hoy resulta que la propaganda de los medios de comunicación, de los malos profesionales, de los políticos que gobiernan sin escrúpulos, de la censura arbitraria y dogmática de las redes sociales, etcétera, tienen más importancia para el público que las opiniones serias y objetivas. Estamos viviendo el imperio de la posverdad.

Noticias relevantes y científicas, son tapadas, solapadas y censuradas con la falta de escrúpulos de los organismos nacionales e internacionales. Se busca que toda esa masa obediente, se entere solo de la verdad del poder que los manipula. Por ejemplo, ocultaron la noticia, de julio de 2022, que informaba sobre la científica Pornima Wagh – Doctora en Inmunología y Doctora en Virología – quien, con un grupo de científicos, ha logrado demostrar, objetivamente, la inexistencia del virus del SARS-CoV-2 y lo hizo analizando mil quinientas muestras PCR de positivos por COVID. Actualmente, también se sabe que el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) ha reconocido que no cuenta con muestra aislada purificada de este virus del COVID-19, y no hay, en todo el mundo, ni una sola muestra de este virus aislado y purificado; es decir, que realmente no se tiene aislado ni nunca se ha asilado correctamente el supuesto virus que sirvió de excusa para la pandemia y los recortes de derechos a nivel mundial. La afirmación de algunos malos científicos que dicen lo contrario, son afirmaciones sesgadas y falsas. También está demostrado, científicamente, que el uso de las mascarillas no protege de ese supuesto virus; sin embargo, su uso continuado, sí que produce daños irreversibles a la salud, sobre todo en los niños. Y por supuesto, las llamadas ‘vacunas contra la COVID’, verdaderamente, no inmunizan, ni nunca inmunizó a persona alguna de esa masa obediente que se inoculó el producto experimental. No obstante, la gran mayoría de medios de comunicación mentían a diario – igual que los políticos que gobiernan, los muchos malos profesionales de la salud y de la ciencia, las organizaciones de interés como la OMS, etcétera – repitiendo incesantemente a la población el término ‘inmunización’. (ZARAGOZA, 2022) Lo cierto, es que nunca hubo ni hay vacuna que inmunice contra ese supuesto virus pandémico.

Gracias a ese manejo maquinador se logran afectar derechos, recortándolos o, simplemente, neutralizándolos para que no puedan ser ejercidos. Lo peor es que la gran masa dócil avasallada, lo acata y acepta sin dudarlo y casi sin pensarlo.

Así, volver a echar la mirada hacia la filosofía y, más propiamente, desde la filosofía del derecho, nos permitirá retomar el cuidado de nuestros derechos para construir una senda sensata y consciente en la que se atienda a los derechos como instrumentos para alcanzar el orden, la paz social y el buen desarrollo de la existencia humana. Esto necesita del pensamiento crítico y, con ello, de la duda razonable. No es correcto criminalizar la libre expresión ni criminalizar el derecho a pensar diferente disintiendo de lo que impone el discurso y la propaganda oficial. Es el pensamiento el que se debe traducir en nuestras acciones, no las imposiciones dogmáticas de los intereses de determinados grupos de poder particularista. Dudar, prudente y filosóficamente, de todo aquello que nos imponen por ley, es atreverse a decir yo pienso. Y esto es lo que hace principalmente Descartes; quiero decir, con la duda y con el cogito, Descartes despierta la potencia un yo capaz liberarse de imposiciones arbitrarias y dictatoriales:

(…) un acto reflejo del hombre, o más exactamente el estallar de un acto, de un golpe de fuerza. Hay en un pensador de tal potencia una política interior y una exterior del pensamiento, y se forma una especie de razón de estado contra la cual no prevalece nada, y que acaba siempre por libertad enérgicamente al Yo de todas las dificultades o nociones parásitas que pesan sobre él sin haberlas hallado dentro de sí mismo. (Valéry, 2005, p. 68)

El problema radica en que una gran parte de los adultos de hoy deambulan en sus vidas sin cuestionarse la razón de las cosas ni, por supuesto, responsabilizarse de las consecuencias de su desidia. La gran masa obediente y subyugada, no tiene voluntad para juzgar lo que hay ni le interesa elegir lo que es mejor; deja que el sistema juzgue lo que es ‘correcto’ para ellos y, ellos, simplemente obedecen; creen que eligen, cuando realmente el sistema oficial elije por ellos. Son voluntades avasalladas que se desarrollan en la inercia de su dejadez existencial:

(…) voluntad es facultad de juzgar y elegir. (…) si no olvidamos que tanto en el juzgar como en elegir la voluntad tiene la posibilidad de determinarse por sí, o sea, es libre, la virtud ha de consistir entonces en el libre despliegue de la voluntad armónicamente dirigida por la razón (…)’. (González Ríos, 1950, p. 47)

El deber responsable de usar los derechos, el pensamiento, la duda y la crítica, son valores esenciales para conservar la vigorosa aptitud de preguntarnos por la realidad que nos rodea, a fin de hacerla más comprensible y justa. Los que dudan, objetan, y critican, es decir, los que no se someten y, por el contrario, se preocupan y verifican que no se les esté manipulando – según se puede advertir de la evidencia patente que hay-, somos los que impulsamos el mundo para transformarlo siempre en algo que va hacia mejor.

8 CONCLUSIÓN

Hemos visto que Descartes, duda de todo, aunque, finalmente, no lo hace. Esto lo hemos verificado con su idea de Dios, pero también, con el hecho de que no duda de la memoria. Además, Descartes busca principiar todo el conocimiento desde cero, y eso es imposible y, también, innecesario.

No obstante, Descartes con su pensamiento determinó los fundamentos del pensamiento moderno. Esto es, determinó la condición del ser humano de liderarse atendiendo a sus propios criterios y puntos de vista. Descartes, nos enseña a nutrir el conocimiento mediante el análisis crítico de lo que observa, sin permitir la imposición del relato dogmático de señalados grupos de interés y de poder que absolutizan su ideario como el ‘único verdadero’ el que hay que acatar subordinadamente, sin dudas ni murmuraciones.

Debe quedarnos claro que, en el derecho, es requisito indispensable que no se pierda su interés máximo, que no es otro que el alcanzar una justicia efectiva y eficiente. Para ello, es indispensable que los seres humanos gocemos de la independencia de nuestro pensamiento y de la capacidad para gobernar y controlar nuestras pasiones, desidias y debilidades por nosotros mismos. Cada uno de los seres humanos somos capaces de encontrar la verdad de las cosas; esta verdad debe ser descubierta por nosotros mismos y no ser impuesta por agentes o grupos externos de los poderes humanos, formales e informales. Esta es la seña de identidad que Descartes impregna en el ser humano de la modernidad:

La característica del sabio cartesiano es la del héroe de Corneille, es la generosidad que hace que se estime muy poco todos los bienes que pueden ser quitados, y, al contrario, se estime la libertad y el imperio absoluto sobre sí mismo. (Brunschvicg, 1939, p. 84)

Dudar y pensar críticamente, es fundamental en el plano de los derechos. Acatar sin reflexionar, convierte en autómata a la persona que deja que su vida se determine de esta forma. Dejar de creer en las capacidades de duda y análisis que cada uno de nosotros poseemos, atenta contra nuestra propia identidad humana; es menospreciar nuestra existencia personal. Por no creer y por no dejar su zona de confort, las generaciones de hoy dejan de creer en todo y, no creyendo, dejan de creer en sí mismos, dejan de reconocer su innegable e incambiable sustancialidad humana y biológica. El dogmatismo totalitario ha logrado hacer caer a esa masa en el delirio de no saber ni definir, por ejemplo, qué es una mujer. (Walsh, 2022) Gracias a todo ello, demasiadas personas se convierten en parte de esa masa dócil, las que parecen disfrutar siendo condenadas a ser un miembro más, un irrelevante como persona individual, un insignificante bienmandado. Luego, estas personas se pierden de ellas mismas, se dejan imponer verdades que no son tales y, más tarde, cuando aparecen las consecuencias que dañan sus derechos, muchas veces, estas ya son irreparables. (Shrier, 2021)

Frente a esta oscura realidad, es importante retomar a Descartes, porque él saca a la luz la potencialidad del pensamiento humano y afirma al ser humano como un ser independiente capaz de pensar y de dudar críticamente. Descartes propuso un nuevo método de pensar, que tiene su consistencia en la existencia consciente que asegura la certeza de lo conocido. No obstante, lo que hay que tomar de Descartes es ese ímpetu inspirador de no dar todo por cierto sin dudarlo, sin reflexionarlo críticamente. Ciertamente, a diferencia de la filosofía cartesiana, nuestra aspiración debe dirigirse a la duda sustantiva, pues es el mundo sustantivo el plano donde se desenvuelven, esencialmente, los derechos. Descartes, como hemos visto, no alcanzó la crítica o la duda sustantiva de las cosas: ‘Descartes inició la duda moderna, aunque la suya, a la postre, fue tan solo una radicalidad metódica, no sustantiva’. (Xiol, 2015, p. 128)

La crítica sustantiva no es algo que, actualmente, goce de buena fortuna y aceptación. Las generaciones de hoy están inducidas a la despreocupación de forjarse una cultura independiente; además, no les interesa desplegar su propio y original pensamiento. No les interesa encontrar respuestas a sus personales derechos, ni conservar y enriquecer la sabiduría a la que pueden acceder. Prefieren que sean otros los que les digan y dirijan sus vidas.

Una existencia plena y triunfante, nos exige un determinado comportamiento y actitud en nuestras vidas; caer en el acatamiento fácil de todo lo que nos dicen que hagamos implica desechar el ideal de nuestra humanidad entendida como vida buena, digna y respetable. La virtud no se desenvuelve ni se desarrolla en la desidia ni en la indiferencia de nuestros deberes sustanciales como humanos que somos:

La sobriedad de la vida, el dominio de sí mismo, la tranquilidad y serenidad apacible, el horror a las exteriorizaciones fáciles y ruidosas, nos manifiestan la realización de un ideal humano en que la aristocracia del pensamiento se funda en la convicción de lo arduo de la misión de pensar y de lo limitado del pensamiento humano, aristocracia que se armoniza con el deseo de servir a la humanidad, mejorando su suerte material y su condición mental. (…) Si de una vez por todas aprendiésemos del héroe Descartes a moderar y cohibir nuestro asentimiento ante toda proposición cuya verdad no vemos con certeza y a libertar nuestra mente de todo prejuicio, entonces finalmente sería reintegrada y restituida la inestimable libertad del filosofar. Libertad conquistada a fuerza de continencia intelectual. (…) La extrapolación cartesiana en toda su extensión consiste justamente en no llevar a fondo el rigor inicial, por falta de percepción de lo inacabado de todo pensar humano. (Saboia de Medeiros, 1937, p. 439, 440)

Por ello, hay que retomar la filosofía del derecho con intensidad y seriedad, a fin de recobrar a toda esa masa sumisa para reincorporarla a la sociedad crítica y pensante. Obvio, que pensar el mundo es algo necesario, y esto es sumamente trascendente para la instauración e interpretación jurídica y justa del mundo.

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1 Profesor de Filosofía del Derecho, Derechos Humanos, Fundamentos Teóricos del Derecho y Habilidades Básicas del Jurista: Facultad de Derecho, Universidad Complutense de Madrid. Doctor Sobresaliente Cum Laude en Derechos Humanos, Máster en Derechos Humanos, Máster en Derechos Fundamentales, Especialista en Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos: Instituto de Derechos Humanos ‘Bartolomé de las Casas’, Universidad Carlos III de Madrid. Especialista con Matrícula de Honor en Derechos Humanos: Instituto de Derechos Humanos Complutense, Facultad de Derecho, Universidad Complutense de Madrid. Licenciado en Derecho: Facultad de Derecho, Universidad de San Martín de Porres. Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Académico de Número de la Sociedad Española de Retórica. E-mail: jescon01@ucm.es. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9148-659X